Liderazgo emocional razonado (parte I)

La crisis, además de incertidumbre, preocupación o miedo, tiene la facultad de sacudir el polvo, remover y facilitar que broten semillas creativas que impulsen a repensar y actuar de forma diferente a lo que se ha venido haciendo hasta la fecha. Está surgiendo un nuevo modelo de liderazgo; un estilo de dirección producto de capacidades que empiezan a perfilarse como rasgos distintivos de trabajadores “brillantes” y entre las que se podría destacar la de servir como catalizadores del cambio aprovechando las posibilidades existentes en los equipos.

Hasta hace poco capacidades como empatía, escucha, colaboración, o  comunicación no eran competencias prioritarias entre los cuadros directivos primando más otras relacionadas con asertividad, decisión,  planificación o ejecución.  Sin embargo afrontar de forma adecuada las situaciones emocionales que envuelven actualmente los entornos de trabajo, requiere convertirse en un buen mediador, un facilitador capaz de  despertar la confianza en los demás, y establecer un nivel de comunicación y relación con el equipo que contenga saber escuchar, ser capaz de persuadir y saber aconsejar. Para poder alentar la confianza, es necesario ser consciente de uno mismo, esto es, conocerse bien, y considerar la importancia de asumir el punto de vista de los demás  y ser capaz de estar plenamente presente. Permanecer alerta y centrado.

Lo que diferencia a directivos “brillantes” de mediocres es la autogestión y su capacidad para reconocer pautas, es decir, saber extraer la información necesaria para comprender las tendencias más relevantes y forjarse una visión global que permita planificar estrategias de acción para el futuro.

Los mejores no piensan en ellos, piensan en la totalidad.  Ayudan a otros dejando de lado su ego con tal de contribuir a conseguir un resultado global. No se guardan para sí la información que puede facilitar el trabajo sino que la comparten abiertamente. Para ellos lo importante no es competir sino colaborar. A la inteligencia intelectual se suma la inteligencia emocional. Esa destreza que permite conocernos y manejar nuestras emociones y sentimientos de forma que podamos interpretar o enfrentar, las situaciones y las relaciones de forma eficaz creando hábitos nuevos que favorezcan además de la productividad el bienestar propio y el del grupo.

Esther Lobo

Socia de Cataliza

elobo@cataliza.org

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